El fin de semana pasado estuve en Somiedo, en las montañas (que ya las echaba de menos), y por supuesto, no faltaron la sidrina y los quesos asturianos.
Iba a Asturias buscando el queso de La Peral, lo había probado hacía tiempo, y quería llevarme otra vez ese sabor. El queso de La Peral, es un queso azul pero mucho más suave que el cabrales.
Pero de Somiedo también me traje dos descubrimientos:
De Perlunes, la ruta del agua, y en particular las olleras:
«Especie de frequeras en las que se metía a enfríar las ollas que contenían la leche recién ordeñada. Por el interior discurre un pequeño caudal de agua que hace que la leche se enfríe y se separe la nata, que sube hacia la parte superior de la olla. Las ollas estaban provistas de un agujero en la parte inferior cerrada con una espita, el biliellu, que se quitaba para permitir la salida del suero de la leche ya separado de la nata. Con la nata se hacía la manteca que se destinaba al mercado o a pagar alguna renta.«
Algo más me ha llamado la atención, los teitu teitos, son las casas tradicionales de la zona. En Veigas hay 3 teitu teitos reconvertidos a museos, una visita a su interior, nos sorprendió con esta antecesora de las batidoras.
Un odre de cabra en el que una vez hinchado vertían la nata de la leche, y sobre las piernas batían durante un buen rato, hasta convertirla en manteca.
Una delicia de fin de semana en un paraje así.
Vía La Petite Claudine descubro el MoFa o Museo de Anomalías comestibles (Museum of Food Anomalies). Curioso lugar, punto de encuentro de todas esas formas extrañas y amorfas que uno alguna que otra vez se ha encontrado en su cesta de verduras. No sintáis pena por destrozar esas formas, una buena foto a tiempo, y un museo donde poder admirarla son la solución. En algunos casos, auténtico ejercicio de imaginación, eso si.
Gracias Catuxa, por el enlace.
Es habitual en Galicia tomar el pulpo al estilo «á feira», pero desde hace unos años ya no es tan difícil ir a un restaurante y que te sorprendan con un pulpo a la brasa: esos largos tentáculos cortados a lo largo, braseados, crujientes, acompañados de los tradicionales cachelos, regados con aceite de oliva y espolvoreados con pimentón…delicioso.
Si juntas a dos vascas y una termomix, puedes acabar en una exquisita jornada dedicada al bonito. Este fue el resultado de una comida donde el bonito fue el protagonista: un marmitako (con una salsa espesa y de esas en las que no puedes dejar de mojar el pan), bonito encebollado con un cierto toque dulce sorprendente y bonito en salsa de tomate raf. Exquisitos.
Pero lo más sorprendente es que el bonito estaba muy jugoso. Y eso, nos contó Iratxe, es por el tipo de corte, para que esté jugoso, lo mejor es que te lo corten en lomos y de cada lomo ir cortando «a la contra«, con eso se consigue que el bonito suelte lo mejor de si mismo, y que esté realmente jugoso.
Pues vaya. Cuando leí la contraportada del libro me atrajo especialmente:
«
Julian Barnes, aficionado tardío a los fogones, cuenta en esta exquisita obra sus divertidas experiencias y aventuras entre sartenes y cazuelas. Quien haya cocinado alguna vez sabe que entre la receta que aparece en un libro de cocina y el plato que uno ha preparado se puede abrir un abismo: lo primero con que se topa el cocinero aficionado son, sobre todo, las dudas. ¿Cuán grande es una cebolla mediana? ¿Qué significa fuego medio? ¿Cuánto cabe en una pizca? Todo aquel para quien la cocina sea un hobby revivirá con este libro sus esforzados intentos, maldecirá los libros de cocina y sus ilustraciones a todo color, probará salsas y contemplará desolado un suflé despachurrado. Y repetirá agradecido la resignada consigna: esto no es un restaurante. Guarnecida con apetitosas ilustraciones, El perfeccionista en la cocina es una lectura desopilante que ninguno de los admiradores de Julian Barnes querrá perderse. Todo un placer.»
Una vez leído, he de decir que me ha decepcionado bastante, para empezar porque, si, habla de libros de cocina, pero ingleses o franceses de los que ni he oido hablar, con lo cual se pierde la mayor parte de la gracia del libro (que diferente sería si comentara las recetas de la Ortega…).
Por otro lado, la «lectura desopilante» en este caso yo no la he encontrado, tiene puntos simpáticos, cuando cuenta alguna de esas aventurillas que a todos nos ha pasado con la cocina, pero son puntuales.
Eso si, las ilustraciones de Joe Berger que acompañan a cada uno de los capítulos creo que son lo mejor del libro.
No sé si alguno lo ha leído y tiene otra opinión, pero a mi no me ha enganchado mucho la verdad.
Garbancita de I+D en mi cocina me ha pasado este link de una artista de Julia Kissina:
«Esta fotógrafa alemana utiliza la carne como base para alguna de sus colecciones de fotografía.«
Un poco grimosillo, no?
Frase de Otl Aicher, vía: desconferenciante, gracias Catuxa por el enlace.
¿que me decís de este formato para servir la sangría??? en la casa del jamón, en la zona de vinos de Orense, nos sirvieron unas sangrías en este «formato».
Este fin de semana estuve en Montealegre, un pequeño pueblo portugués en la frontera con Orense. A los pies del castillo, en la parte vieja pero muy cuidada, hay un par de locales, el restaurante del Castillo y «A Tasca do Acougue», donde poder probar las alheiras.
Ya hacía tiempo que Soledad y Manolo me habían recomendado probarlas, y estaba esperando acercarme a Portugal para hacerlo.
Las alheiras, tienen una historia muy interesante. Su origen es judío, de cuando éstos tenían que esconderse de la Inquisición, y el no comer carne de cerdo podía ser una forma de identificarlos. Así surgieron las alheiras, con apariencia de salchichas de cerdo, pero rellenas de todo tipo de carne, excepto de esa: pavo, pollo, pato, perdiz, conejo….
Hoy en día, se siguen haciendo las alheiras, aunque ahora si se incluye la carne de cerdo, eso sí, siempre mezclada con muchas otras. Estas que probamos eran caseras, servidas con olivas negras estabas deliciosas.
Y por supuesto, estando en Portugal, no podía faltar la carne grelhada, en este caso fue una «espetada en pan de loureiro«, no os imagináis el aroma que le da al plato el palo de laurel y «vitela a la brasa«.
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